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EXPERIENCIA PERSONAL
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La vida en el extranjero con fibrosis quística: Mi experiencia en Alemania
 
Lori J. Stark

Lucy Gostwick


En el año 2001, llegué a mi tercer año en la Universidad de Oxford. Por ser estudiante de literatura inglesa y alemana, se me requería pasar nueve meses del año en un país de habla alemana, para absorber la cultura y adquirir más fluidez en el idioma. ¡La perspectiva me generaba bastante inquietud! Nunca había vivido en el extranjero más de un mes y, francamente, la idea me aterrorizaba.

Tengo la gran bendición de sufrir de fibrosis quística en una forma muy leve; hasta la fecha, no he necesitado la administración de medicamentos por vía intravenosa, ni hospitalizaciones periódicas. Intento hacer fisioterapia dos veces por día; además, cuando fui a Alemania, inhalaba colomicina utilizando un nebulizador transportable Pari Boy. También tomo Creon® con las comidas, unas seis pastillas con cada comida, así como diversas vitaminas, otros antibióticos y antidepresivos.

Antes de partir, una preocupación importante para mí era cómo conseguir estos medicamentos en el extranjero. En el Reino Unido, las personas con fibrosis quística pueden pagar por adelantado sus medicinas recetadas para todo el año y ahorrar dinero. En lugar de gastar grandes sumas comprándolos en Alemania, opté por llevar conmigo todos los medicamentos desde el Reino Unido, en una pequeña maleta (¡!), y reabastecerme cada dos meses cuando volviera a mi país.

Había solicitado al Consejo Británico (British Council) ser auxiliar docente en Alemania y, tal como lo pedí, se me asignó a un Gymnasium en Stuttgart. Para quienes no conocen el sistema escolar alemán, un Gymnasium es una escuela secundaria (¡no un gimnasio!) donde se dictan materias puramente académicas, no de tipo vocacional.

Así, en el otoño de 2001, mis padres y yo apilamos mis pertenencias en el automóvil e hicimos el viaje desde el Reino Unido hasta Alemania, bajo una lluvia torrencial, hasta llegar al pequeño departamento que sería mi hogar durante los siguientes nueve meses. Llegó a gustarme mucho ese departamento: era de construcción reciente, y tenía dos dormitorios, una cocina pequeña y un baño. Desde el punto de vista de mi fibrosis quística era perfecto: estaba absurdamente limpio, y las alfombras de los dormitorios eran nuevas, delgadas y fáciles de limpiar con una aspiradora.

El departamento estaba en un suburbio de Stuttgart, cerca del aeropuerto y también muy cerca de una gran extensión de tierra done la gente cultivaba todo tipo de vegetales conocidos por el hombre: calabazas, maíz, repollos... ¡Tenían todo lo imaginable! Esto me daba un gran placer, pues me agrada mucho el campo. Tengo la enorme suerte de gozar de un excelente apetito y de un interés genuino en la comida; por ello, me entusiasmaba muchísimo ver crecer los alimentos a la vuelta de la esquina de mi hogar.

En la calle principal de Plieningen, había un pequeño supermercado donde los residentes del lugar hacían su compra semanal con canastas de mimbre. Adopté obedientemente la canasta de mimbre (pese a tener unos 30 años menos de lo debido). Alemania se estaba preparando para la introducción del euro en 2001, pero, hasta entonces, debía luchar con la conversión de libras esterlinas a marcos alemanes para cada artículo que comprara. ¡Las matemáticas nunca habían sido mi fuerte!

Debido a la fibrosis quística, siempre he tenido mucho cuidado de ingerir una dieta equilibrada y sana, con muchas frutas y vegetales. Pero en mi año en el extranjero, también sentí muchos deseos de adoptar la cocina alemana, y pronto comencé a comprar todo tipo de Wurst (salchichas) y Schnitzels (carnes rebozadas). También había una cantidad de opciones de galletas y chocolates, como las Lebkuchen, y me gustaba particularmente el Stollen, una torta frutal de mazapán que se come especialmente en la época de Navidad. Me encantó la cultura de Kaffee y Kuchen, y recuerdo haber ido a una Konditorei cuando mi madre vino a visitarme, para pedir precisamente eso: café y torta. La dieta alemana me sentó realmente bien, pero es verdad que nunca tuve problemas para mantener mi peso.

Enseñar en el Gymnasium fue muy divertido, en especial con los niños de once años. Organicé un “club de inglés” a la hora del almuerzo: jugábamos a distintos juegos de palabras y cortábamos revistas para obtener imágenes que representaban palabras. Los niños más grandes me convencieron de llevar el video de South Park, que había sido producido recientemente, en inglés, para verlo después de la clase. Nunca surgió un problema por tener que contarles acerca de mi fibrosis quística. El profesor que me tenía a su cargo sabía de mi enfermedad y, lamentablemente, se mostró más bien poco comprensivo cuando llamé unas pocas veces para avisar que no podría asistir por estar enferma; sin embargo, en términos generales, la fibrosis quística no interfirió con mi actividad de enseñanza.

Me hice amiga de otros estudiantes británicos que vivían en Stuttgart y, a menudo, por las noches, salía con ellos a los bares del centro de la ciudad. Lamentablemente, lo único que nunca me ha sentado bien (en ningún país) es la cerveza... ¡y esto fue una clara desventaja en Alemania! Cuando visitamos la Stuttgart Beerfest (la fiesta de la cerveza), ¡se vendían jarras enormes, de dos litros, para cada persona! Hice lo mejor que pude, pero con la cantidad de medicamentos que tomo, no me cayó nada bien. A pesar de esto, la Beerfest fue una experiencia notable, con bandas de instrumentos de bronce contundentes que tocaban canciones relacionadas con la bebida, y mujeres jóvenes, con orejas de conejo, que bailaban en las mesas.

En cuanto al ejercicio, intenté varias veces trotar alrededor de los sembrados de calabazas, pero trotar en realidad no me funciona bien. Prefiero caminar; por eso, iba caminando a la escuela todos los días, y volvía también caminando. Creo que el ejercicio más intenso que hice durante mi estadía fue el circuito de entrenamiento de la Universidad de Stuttgart, que probé una vez con una amiga. ¡Una vez fue suficiente!

Logré incorporar mi fisioterapia y mis nebulizaciones dos veces por día, como siempre, sin molestar a mi compañera de departamento. Llevé conmigo medicamentos para tres meses, y me reabastecí en mis visitas al Reino Unido. Me preocupaba mucho pensar si iba a tener problemas en el aeropuerto con el nebulizador: en esa época, tenía un nebulizador grande e incómodo, y me inquietaba pensar que el personal del aeropuerto a cargo del equipaje no me permitiera llevarlo. Sin embargo, en concreto, no tuve absolutamente ninguna dificultad.

Aunque mi consultora en el Reino Unido me dijo que podía volver a verla para mis controles cada tres meses, quería tener alguna vinculación con un hospital en Stuttgart por precaución. Por ello, me hice un control en Stuttgart apenas llegué. Esto fue más bien innecesario, y el médico me prescribió muchos medicamentos que –me sorprendió muchísimo descubrir– tendría que pagar. Creo que el costo del tratamiento médico es el verdadero problema de vivir con fibrosis quística fuera del Reino Unido. Estamos acostumbrados a la atención que recibimos a un costo mínimo, y lo damos por hecho.

Creo que el peor episodio de mi estadía, con relación a la fibrosis quística, fue cuando experimenté hemoptisis (cuando los vasos sanguíneos de los bronquios, ubicados bajo la mucosa bronquial, comienzan a sangrar, a menudo inesperadamente). Me sentí muy sola, y sin nadie en quien apoyarme. Cuando llamé a una amiga y le conté, me sugirió que llamara por teléfono a la Cruz Roja... ¡No fue de mucha ayuda!

En términos generales, vivir en Stuttgart fue una experiencia realmente valiosa para mí, y una que me gustaría mucho repetir. Logré fluidez en alemán, y disfruté mucho de la inmersión en la cultura, así como de enseñar inglés en la escuela. Tuve la suerte de que la fibrosis quística quedó en un segundo plano, y no me afectó mientras estuve allí. Me agradaría mucho tener noticias de personas con fibrosis quística que hayan tenido la oportunidad de vivir en el extranjero unos meses.


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Article translated by: Andrea Bullrich
http://www.aim.com.ar/
Contact: andreabullrich@aim.com.ar
 
 


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